Te conocí...
Llegaste en un momento en el que menos pensaba necesitarte. No supe cómo lo hiciste, no recuerdo haber cuestionado tu llegada, quizá porque de alguna u otra manera, inconscientemente había acudido a ti.
Los días a pesar de transcurrir con tonalidades grises, vislumbraban una amena necesidad de trascender para modificar ciertos rumbos; no encontraba preparación para hallar un propósito que pudiera responder ante dichas demandas. Todo se tornó confuso y al mismo tiempo tan claro, ¿En alguna oportunidad han tenido esa sensación de pensar que el tiempo pasa rápido a sus alrededores pero ustedes sienten profundamente que va muy lento? Aquella manifiesta sensación poco a poco invadió cada espacio de mi entorno y comprendí que no podría separarme de ella.
Ya el "nada" no era lo mismo. Me detuve por tantos momentos a pensar cuántas veces pensé en lo que consideraba "errores", reflexionando: ¿O es que quizá la suma misma de "errores" no nos permiten mejorar? ¿O es que el -resto- se encuentra equivocado? Y considero obtuve una sensata respuesta, pues no se trata del resto, sino de uno mismo, nadie nos ha asignado la jurisdicción del saber, porque al final de cuentas, no hay saberes universales ni verdades absolutas.
Y como te conocí, ya no puedo borrarte. Invadiste cada espacio de mi ser y de seguro seguirás haciéndolo. Después de tanta enfermedad, sudor, lágrimas, pérdidas familiares y sacrificios; después de tantos momentos de felicidad, has llegado intransigente, para nuevamente darme una de esas lecciones, en aquellos momentos en los que menos pensaba encontrarte.
La madurez.