Sólo un día más

Hay cosas en el mundo que para algunos son insignificantes, pero para otros pueden tener grandes cambios, inclusive, pueden significar la diferencia entre el cielo y el abismo.
Ya esto me había sucedido antes, tuve que lidiar con ello. En estos cortos 19 años, en la envergadura y movilidad de estratificación social en la que he tenido la oportunidad de compartir, siempre desprende en sí una vertiente... una vertiente efímera que diferencia a los pobres de los adinerados, de los humildes de los arrogantes. Muchas veces, no está relacionado con el dinero. Es mi más básica conclusión. Muchas veces pensamos que la humildad está en quién no tiene, cuando en realidad está en quien no pretende tener, sino aprender, reflexionar y escuchar.
Es igual de arrogante quien se conforma con su condición de vida, a quien desea cambiarla radicalmente. La pobreza es mental y la avaricia es producto de la creación de una riqueza monetaria que no genera en sí frutos. La riqueza no puede ser producto de ello. Acumulamos una serie de bienes materiales en nuestra vida, los amontonamos a nuestra manera, pero la realidad es que no podemos llevar un apartamento de última generación encasquetado en un avión, tampoco podemos transportar una bicicleta en otra, no podemos acapararnos del viento, ni mucho menos del agua.
Hay cosas que por más que nos digan que tenemos derecho a ellas, no nos pertenecen. 

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