Hermano, que Dios te bendiga

                                               
          Estuve en Biblioteca entregando un libro con retraso, me sancionaron 54 días por no haberlo devuelto a la semana siguiente y no tomaron en cuenta la posibilidad de que hubieran personas que no pudieran entregar los libros a tiempo por la situación actual del país. Pregunté por el reglamento, pero no me lo quisieron dar, mencionaron que te quitaban 2 días hábiles por cada día hábil que te quedaras con el libro.

         Tuve un día relativamente tranquilo en la Universidad, el profesor de Metodología no pudo asistir así que aproveché el momento para ir a la casa a descansar.


             No habían muchas personas al montarme en el vagón, pero inmediatamente volteé a ver a un anciano que gritaba una historia del evangelio relacionada con dos hermanos criados por un padre viudo, uno de los hermanos (Daniel) era estudioso, el otro trabajaba con su padre y a veces se las ingeniaba por predicar la palabra de Dios (Jacobo); a medida que fue transcurriendo el tiempo los hermanos cada día se encontraban más distantes porque Daniel se burlaba constantemente y le decía a Jacobo que no valía la pena que predicara esas palabras porque un día no muy lejano lo matarían en pleno mercado por ser creyente. Un día los dos hermanos iban camino a pagar unas deudas de su padre a un lugar no muy lejano de la Ciudad y uno de los Guardias los detuvo y preguntó si alguno de ellos era creyente. Automáticamente, Daniel acusó a su hermano y el Guardia llevó a Jacobo junto al Rey. Fueron transcurrieron los meses, Jacobo con su facilidad de expresarse, se hizo mano derecha del Rey, pudo vestir mejores ropas y pagó todas las deudas de su padre (que había muerto por vejez). Un día el Rey y Jacobo iban al mercado cuando en el camino se encontraron una cola muy larga porque se habían robado algunas reces y no habían suficientes para los ciudadanos; en la cola Jacobo reconoció a Daniel que cargaba unas ropas sucias y automáticamente se le acercó para saludarle. Daniel ni lo reconocía, lo daba por muerto; pero pronto no pudo aguantar en llanto y le pidió disculpas a Jacobo por todo el tiempo en el cual se había burlado y por haberlo acusado de esa forma. Jacobo le sonrió y le dijo: Daniel, tu eres mi hermano y te perdono por encima de todas las cosas...


             A medida que la historia avanzaba, más gente en el vagón se volteaba a prestarle atención al anciano, hasta que al terminar, mencionó que la historia siempre se repetía, que el nunca fue un hombre de política a pesar de haber estado en la Guardia Nacional, pero si que siempre fue un hombre religioso.


             No podía creer la  indiferencia por parte de los venezolanos, empezó a hablar de las maravillas de Venezuela, de lo bonito que es pasar unos días en Bolívar, el frío de Mérida, los raspados en Maracaibo y los buenos días que ya no eran tan comunes en Caracas. Y nuevamente, alzó la voz y dijo "NO SOMOS ENEMIGOS, SOMOS HERMANOS QUE TIENEN BANDERA POLÍTICA DE OTRO COLOR, somos amables, cariñosos, colaboradores, preocupados, nuestras diferencias no pueden permitir que se separe un país con tanto amor por dar".


              En ese instante, varias personas le aplaudieron, otras le dieron la mano al anciano, en un rincón un muchacho callado con los brazos cruzados se queda mirando detenidamente, hasta que se abren las puertas del vagón, el anciano le sonríe al muchacho y le dice... "Hermano, que Dios te bendiga". 

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