Mensaje subliminal: ficciones cronológicas

         Uno de esos días calurosos en la Capital se detiene en la parada un Autobús con una dedicatoria a San Judas Tadeo.

       Apenas comienza el día y se visualiza la competitividad de cada uno de los conductores para recoger a más pasajeros, las calles aún se encuentran en movimiento. Se ha detenido por un instante y una niña muy pequeña observó un billete de 50 bolívares incrustado en el medio de un asiento; sorprendida los tomó y se los mostró a su madre, a pesar de que la señora tenía muchas ganas de comprarle un helado de barquilla a su hija desistió a último momento y le dijo que los volviera a colocar donde lo encontró y unos segundos después partieron.

       Un distinguido empresario alzó su pulgar y sin mucho retraso se encontraba en el mismo asiento visualizando perfectamente el billete completamente enrollado como una especie de pergamino, pensó que era algo absurdo que alguien dejara un billete colocado de esa forma tan descarada y automáticamente se le vino a la mente lo siguiente: "Es un billete falso". En el transcurso del día varios pasajeros observaron lo mismo y actuaron de la misma manera que el empresario, afirmando con toda seguridad (aún sin haber tocado el billete que no era verdadero). 

      A mediados de la tarde un niño que vendía rosquillas se pasó por los asientos, aclarando absolutamente que no había compromiso para comprarlas, no fueron más de dos personas que lo hicieron a pesar de que el Autobús estuviese considerablemente lleno; una anciana sintió lástima por el y quiso obsequiarle el famoso billete, pero no tuvo la suficiente voluntad como para hacerlo porque en su conciencia el honor por lo bueno la atormentaba y así el niño partió con casi todas las rosquillas.

       Siguieron entrando y bajando pasajeros, pero por alguna razón inexplicable a ninguno se le ocurrió desenrollar el billete, o confirmar si era falso, o preguntar si a alguien de la unidad le pertenecía porque todos pensaban que era estúpido preguntar de quien era el dinero que se había quedado atorado en la mitad de un asiento. Al culminar el día el conductor revisó cada uno de los asientos, indudablemente consiguiendo dicho billete, tuvo el valor de desenrollarlo y pudo observar que en tinta negra se asomaba un mensaje: "Si por alguna razón abres este billete, por miedo, por avaricia o por cualquiera que sean tus razones piensa si son las correctas y después pregúntate si realmente lo necesitas" El conductor sonrió, enrolló nuevamente el billete y lo colocó en el mismo lugar en el cual lo había encontrado.

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